jueves, 20 de marzo de 2008
-Harry, Alto
- ¿Qué pasa?
Acababan de alcanzar la tumba del desconocido Abbott.
-Hay alguien allí. Alguien vigilándonos, puedo sentirlo. Allí junto a los
arbustos.
Se quedaron totalmente inmóviles, aferrados el uno al otro, mirando
fijamente al negro y denso límite del cementerio. Harry no podía ver nada.
- ¿Estás segura?
-He visto algo moverse, podría jurar que lo he visto...
Se separó de él para tener libre el brazo de la varita.
-Parecemos muggles - señaló Harry.
-¡Muggles que han estado poniendo flores en la tumba de tus padres! ¡Harry,
estoy segura de que hay alguien por allí!
Harry pensó que según Historia de la Magia, el cementerio se suponía que
estaba embrujado: ¿Y si...? Pero entonces oyó un susurro y vio un poco de
nieve arremolinarse en el arbusto que Hermione había estado señalando. Los
fantasmas no podían mover la nieve.
-Es un gato -dijo Harry, al cabo de un segundo o dos, -o un pájaro. Si fuese
un Mortifago ya estaríamos muertos a estas alturas. Pero salgamos de aquí, y
podremos volver a ponernos la Capa.
Miraron hacia atrás varias veces mientras se abrían paso fuera del
cementerio. Harry, que no se sentía tan tranquilo como había fingido al
reconfortar a Hermione, se sintió aliviado al alcanzar la verja y el
resbaladizo pavimento. Se pusieron la Capa de Invisivilidad por encima. El
bar estaba más lleno que antes. Dentro, muchas voces cantaban ahora el
villancico que habían oído mientras se acercaban a la iglesia. Por un
momento Harry consideró sugerir que se refugiaran dentro, pero antes de que
pudiera decir nada, Hermione murmuró:
-Vamos por aquí -y tiró de él hacia abajo por la oscura calle que conducía
fuera del pueblo, en dirección opuesta a la que habían cogido para entrar.
Harry podía divisar el punto donde las casas de campo finalizaban y la senda
se convertía en campo llano otra vez. Caminaban tan rápidamente como se
atrevían, pasando más ventanas que centelleaban con luces multicolores,
viendo los oscuros contornos de árboles de Navidad a través de las cortinas.
- ¿Cómo vamos a encontrar la casa de Bathilda? -preguntó Hermione, que
temblaba un poco y seguía mirando sobre su hombro-. ¿Harry? ¿Qué piensas?
¿Harry?
Le tiró del brazo, pero Harry no prestaba atención. Miraba hacia la oscura
masa que se erguía al final de esa fila de casas. Al momento siguiente
aceleró, llevando a rastras a Hermione con él. Ella resbaló un poco en el
hielo.
-Harry
-Mira... Mira eso, Hermione
-¡No veo... oh!
podía verla. El hechizo Fidelius debía haber muerto con James y Lily. El
seto había crecido salvaje en los dieciséis años que habían pasado desde que
Hagrid había tomado a Harry de entre los escombros que yacían dispersos
entre la hierba, tan alta que le llegaba a la cintura. La mayor parte de la
casa de campo estaba todavía en pie, estaba enteramente cubierta de oscura
hiedra y de nieve, pero el lado derecho del piso superior había sido volado.
Allí, estaba seguro, era donde la maldición había impactado. Él y Hermione
se detuvieron ante la verja, contemplado la ruina de lo que una vez había
sido una casa de campo como las otras que la flanqueaban.
-Me pregunto por qué nadie la ha recontruyó - murmuró Hermione.
-Tal vez no se pueda reconstruir -contestó Harry-. Tal vez sea como las
lesiones de Magia Oscura y no se pueda reparar el daño.
Metió una mano bajo la capa y asió la nevada y muy oxidada verja, sin querer
abrirla, solo deseando simplemente ser parte de la casa.
- No iras a entrar ¡Parece peligroso, podría... oh, Harry, mira!
Tocar la verja pareció activarlo. Un letrero había surgido del suelo delante
de ellos, alzándose a través de las marañas de ortigas y rastrojos, como una
extravagante flor, creciendo rápidamente, y en letras doradas sobre la
madera decía:
En este lugar, en la noche de 31 octubre de 1981
Lily y James Potter perdieron sus vidas.
Su hijo, Harry, permanece siendo el único mago que
Alguna vez haya sobrevivido a la Maldición Imperdonable.
Esta casa, invisible para los muggles, se ha dejado
En su estado ruinoso como monumento a los Potter
Y como recordatorio de la violencia
Que destrozó a su familia.
Y alrededor de las palabras pulcramente rotuladas, había garabatos agregados
por otras brujas y magos que habían venido a ver el lugar donde El Niño Que
Vivió había escapado. Algunos solamente habían firmado con sus nombres con
Tinta Eterna; Otros habían grabado sus siglas en la madera, no obstante
otros habían dejado mensajes. Los más recientes de ellos brillaban
intensamente sobre los grafittis mágicos de hacía dieciseis años, y todos
decían cosas parecidas.
Buena suerte, Harry, dondequiera que estés.
¡Si lees esto Harry, que sepas que todos te apoyamos!
Larga vida Harry Potter.
- ¡No deberían haber escrito sobre el cartel! -dijo Hermione, indignada.
Pero Harry le sonrió.
-Es genial. Me alegro de que lo hicieran, yo...
Se interrumpió. Una figura contraecha cojeaba senda arriba hacia ellos, su
silueta marcada por las brillantes luces de la plaza distante. Harry creyó,
aunque era difícil de juzgar, que la figura era una mujer. Se movía
lentamente, posiblemente temiendo resbalar en la tierra nevada. Su porte, su
corpulencia, su forma de andar arrastrando los pies, todo daba la impresión
de una edad extrema. Observaron en silencio como se acercaba. Harry esperaba
que fuera hacia alguna de las casas de campo junto a las que pasaba, pero
sabía instintivamente que no lo haría. Al fin se detuvo a unas pocas yardas
de ellos y simplemente se quedó ahí de pie en medio de la congelada
carretera, frente a ellos.
No necesitó el pellizco que Hermione le dio en el brazo. Así de cerca no
había posibilidad de que esta mujer fuera muggle. Estaba de pie contemplando
una casa que habría sido completamente invisible para ella, si no fuera una
bruja. Aun asumiendo que fuera una bruja, sin embargo, salir fuera en una
noche así de fría simplemente para mirar unas viejas ruinas era un
comportamiento extraño. Según todas las reglas de la magia normal, no
obstante, no debería poder verlos ni a Hermione y ni a él en absoluto. Sin
embargo, Harry tenía el extraño presentimiento de que sabía que estaban allí
y también quiénes eran. Justo cuando había llegado a esta inquietante
conclusión, ella alzó una mano enguantada e hizo señas.
Hermione se acercó más a él bajo la Capa, su brazo presionando contra el de
él.
- ¿Cómo lo sabe?
Sacudió la cabeza. La mujer les hizo señas otra vez, más vigorosamente. A
Harry se le ocurrían muchas razones para no obedecer la llamada, aunque sus
sospechas acerca de su identidad se intensificaban a cada instante que
pasaban mirándose cara a cara en la calle desierta.
¿Era posible que los hubiese estado esperando todos estos largos meses? ¿Que
Dumbledore le hubiera dicho que les esperara, y que al final Harry vendría?
¿No era más probable que fuera la que se había movido entre las sombras en
el cementerio y les había seguido hasta este lugar? Incluso su capacidad
para sentirles sugería algún poder típico de Dumbledore que él nunca antes
había conocido.
Finalmente Harry habló, haciendo que Hermione se quedase sin aliento y
saltara.
- ¿Eres Bathilda?
La figura torpe asintió con la cabeza e hizo señas otra vez.
Bajo la capa Harry y Hermione se miraron. Harry arqueó las cejas; Hermione
hizo una diminuta inclinación de cabeza, nerviosa.
Dieron un paso hacia la mujer y, de inmediato, ella cambió de dirección y
cojeó regresando por donde había venido. Guiándoles junto a varias casas, se
giró hacia una verja. La siguieron por el camino delantero a través de un
jardín casi tan crecido como el que acababan de dejar. Ella tanteó un
momento con una llave en la puerta principal, luego la abrió y retrocedió un
paso atrás para dejarles pasar.
Olía mal, o quizá fuera la casa. Harry arrugó la nariz mientras pasaban
junto a ella y se quitaban la capa. Ahora que estaba junto a ella, se
percataba de lo pequeña que era; encorvada por la edad apenas le llegaba al
nivel del pecho. Cerró la puerta tras de ellos, sus nudillos eran azules y
moteados contra la pintura desconchada, entonces se volvió y estudió con
atención la cara de Harry. Sus ojos estaban velados por las cataratas y
hundidos en pliegues de piel transparente. Se preguntó si podía verle en
absoluto. Aunque si podía, sería al muggle medio calvo, cuya identidad había
robado, lo que vería.
El olor a vejez, a polvo, a ropas sin lavar y comida rancia se intensificó
cuando se desenrolló el chal negro comido por las polillas, revelando una
cabeza canosa a través de la cual se veía claramente el cuero cabelludo.
-¿Bathilda? -repitió Harry
Asintió con la cabeza otra vez. Harry fue consciente de pronto del
guardapelo contra su piel. La cosa que había dentro, que algunas veces hacía
tictac o golpeaba, se había despertado, podía sentirla pulsando a través del
frío oro. ¿Sabía, podía sentir, que su destrucción estaba cerca?
Bathilda pasó junto a ellos arrastrando los pies, echando a un lado a
Hermione como si no la hubiera visto, y desapareciendo en lo que parecía una
sala de estar.
-Harry, no estoy segura de esto -susurró Hermione.
-Mira su tamaño. Creo que podríamos dominarla si tuviéramos que hacerlo
-dijo Harry-. Mira, debería de habértelo dicho. No está en sus cabales.
Muriel la llamó chiflada.
- ¡Ven! - le llamó Bathilda desde la habitación de al lado.
Hermione saltó y aferró el brazo de Harry.
-Está bien -dijo Harry tranquilizadoramente, y abrió el camino hasta la sala
de estar.
Bathilda se tambaleaba por el lugar encendiendo velas, pero todavía estaba
muy oscuro, por no mencionar que estaba sumamente sucio. Un polvo espeso
crujía bajo sus pies, y la nariz de Harry detectó, debajo del malsano,
húmedo y enmohecido olor, algo peor, que parecía carne podrida. Se preguntó
cuando había sido la última vez que alguien había estado dentro de la casa
de Bathilda para comprobar si esta vivía. Parecía haberse olvidado, además,
de que podía hacer magia, pues encendía las velas torpemente a mano,
arrastrando constantemente el puño de su camisa de encaje con peligro de que
comenzara a arder.
-Déjeme hacer eso - ofreció Harry y le quitó las cerillas. Ella se quedó
mirando como encendía las velas que se sostenían en platitos alrededor del
cuarto, posados precariamente sobre montones de libros y sobre mesitas
desconchadas con grietas y mohosos clips.
La última superficie sobre la cual Harry divisó una vela fue una cómoda
inclinada precariamente sobre la cual había colocadas un gran número de
fotos. Cuando la llama bailó volviendo a la vida, su reflejo fluctuó en un
vaso de plata polvoriento. Vio algunos diminutos movimientos en los
portaretratos. Mientras Bathilda toqueteaba los leños para el fuego,
masculló:
-Tergeo.
El polvo desapareció de las fotos, y vio de inmediato que faltaban media
docena, la mayoría de los marcos más grandes, meticulosamente adornados. Se
preguntó si había sido Bathilda o algún otro los había quitado. Entonces la
visión de una fotografía cercana, casi en el extremo de la colección, captó
su atención, y la cogió rápidamente.
Era el ladrón de pelo dorado y cara alegre, el joven que había estado posado
sobre el alféizar de la ventana de Gregorovitch, sonriendo perezosamente
hacia Harry fuera del marco de plata. Y Harry recordó instantáneamente donde
había visto al chico antes: En Vida y mentiras de Albus Dumbledore,
abrazando al joven Dumbledore, y ahí debían estar todas las fotos que
faltaban: en el libro de Rita.
-¿Señora... Bagshot... Señorita? -dijo, y su voz tembló ligeramente-. ¿Quién
es este?
Bathilda estaba de pie en mitad de la habitación observando a Hermione
encender el fuego por ella.
- ¿Señorita Bagshot? -repitió Harry, y avanzó con la foto en las manos
mientras las llamas volvían a la vida en la chimenea. Bathilda miró hacia su
voz, y el Horrocrux se calentó rápidamente sobre su pecho.
-¿Quién es esta persona? -le preguntó Harry, empujando la foto hacia
adelante.
Ella escudrinó la foto solemnemente, después se la devolvió a Harry.
-¿Sabe quién es éste? -repitió él, con voz mucho más lenta y más fuerte de
lo normal-. ¿Este hombre? ¿Le conoce? ¿Cómo se llama?
Bathilda solo le miró vagamente. Harry sentía una horrorosa frustración.
¿Cómo había desenterrado Rita Skeeter sus recuerdos?
-¿Quién es este hombre? -repitió ruidosamente.
-¿Harry, qué estás haciendo? -preguntó Hermione.
-¡Esta foto, Hermione, es el ladrón, el ladrón que robó a Gregorovitch! ¡Por
favor! -dijo a Bathilda-. ¿Quién es este?
Pero ella sólo clavó los ojos en él.
- ¿Por qué nos pidió que viniéramos con usted? ¿Señora... Señorita...
Bagshot? -preguntó Hermione, alzando su propia voz-. ¿Hay algo que quiera
contarnos?
Sin dar ninguna señal de que hubiera oído a Hermione, Bathilda se acercó
ahora unos pocos pasos más a Harry. Con una pequeña inclinación de cabeza
señaló de vuelta al vestíbulo.
-¿Quiere que nos marchemos? -preguntó.
Ella repitió el gesto, esta vez señalándole a él, en primer lugar, luego a
sí misma, luego al techo.
-Oh, bien... Hermione, creo que quiere que yo vaya arriba con ella.
-Bien -dijo Hermione-, vamos.
Pero cuando Hermione se movió, Bathilda negó con la cabeza con asombroso
vigor, una vez más señalando primero a Harry, y luego a sí misma.
-Quiere que yo vaya con ella, solo.
-¿Por qué? -preguntó Hermione, y su voz se oyó brusca y clara en el cuarto
iluminado por las velas. La vieja señora sacudió la cabeza un poco ante el
fuerte ruido.
-¿Tal vez Dumbledore le dijo que me diera la espada a mí, y sólo a mí?
-¿Crees realmente que sabe quién eres?
-Sí -dijo Harry, bajando la mirada a los ojos lechosos fijos en los suyos-,
creo que lo sabe.
-Bien, de acuerdo entonces, pero que sea rápido, Harry.
-Guíeme -dijo Harry a Bathilda.
Ella pareció entenderle, porque le rodeó arrastrando los pies hacia la
puerta. Harry volvió la mirada hacia Hermione con una reconfortante sonrisa,
pero no estaba seguro de que ella lo hubiera visto; estaba de pie
abrazándose a sí misma en medio de la inmundicia iluminada por las velas,
mirando hacia las estanterías de libros. Cuando Harry salió de la
habitación, sin que le vieran ni Hermione y ni Bathilda, se deslizó la foto
con el marco de plata del desconocido ladrón dentro de la chaqueta.
Las escaleras eran pronunciadas y estrechas. Harry estuvo medio tentado de
colocar las manos en la corpulenta espalda de Bathilda para asegurarse de
que no perdía el equilibrio y caía encima de él, lo cual parecía muy
probable. Lentamente, respirando con un poco de dificultad, ella ascendió al
rellano superior, giró inmediatamente a la derecha, y le guió hasta un
dormitorio de techo bajo.
Estaba oscuro como un pozo y olía horriblemente. Harry solo pudo divisar una
habitación con algo sobresaliendo de debajo de la cama antes de que Bathilda
cerrara la puerta y entonces incluso eso fue tragado por la oscuridad.
-Lumos, -dijo Harry, y su varita se encendió. Tuvo un sobresalto, Bathilda
se había acercado a él en esos pocos segundos de oscuridad y no la había
oído acercarse.
-¿Eres Potter? -murmuró ella.
-Sí, lo soy.
Ella asintió lentamente, solemnemente. Harry sentía al Horrocrux palpitar
rápidamente, más rápido que su propio corazón. Era una sensación
desagradable, perturbadora.
-¿Tiene algo para mí? -repitió.
Luego ella cerró los ojos y varias cosas ocurrieron a la vez. La cicatriz de
Harry latió dolorosamente. El Horrocrux se sacudía tanto que la parte
delantera de su jersey realmente se movía, el cuarto oscuro y fétido se
disolvió momentáneamente. Dió un salto de alegría y oyó una voz alta, fría:
¡Entretenle!
Harry se tambaleó. La hedionda habitación oscura pareció cerrarse a su
alrededor otra vez. No sabía qué estaba ocurriendo realmente.
-¿Tienes algo para mí? -pidió por tercera vez, mucho más fuerte.
-Por allí -murmuró ella, apuntando hacia la esquina. Harry sacó su varita y
vio el contorno de un desordenado tocador bajo la acortinada ventana.
Esta vez ella no le guió. Harry avanzó entre ella y la cama sin hacer, con
la varita levantada. No quería apartar la vista de ella.
- ¿Qué es eso? -preguntó cuando alcanzó el tocador, el cual se veía
abarrotado y olía como un montón de ropa sucia.
-Allí -dijo ella, señalando hacia la informe masa.
Y en el instante en que apartó la mirada, y sus ojos buscaron en el
enmarañado desorden en busca de la empuñadura de la espada, o un rubí, ella
se movió extrañamente. La vio de reojo, aterrorizado, se dio la vuelta y el
horror le paralizó cuando vio el viejo cuerpo derrumbarse y la gran
serpiente saliendo del lugar donde había estado su cuello.
La serpiente golpeó cuando levantaba la varita. La fuerza del mordisco en su
antebrazo envió la varita girando hacia el techo, su luz vagó por toda la
habitación y después se extinguió. Entonces un golpe poderoso de la cola en
su pecho le dejó sin aliento. Cayó hacia atrás sobre el tocador, en el
montón de ropa asquerosa.
Rodó de lado, evitando por poco la cola de la serpiente, que se agitaba
hacia la mesa donde había estado él un segundo antes. Llovieron fragmentos
de un vaso que cayó al suelo. Oyó a Hermione llamándole desde abajo.
- ¿Harry?
No pudo meter suficiente aire en sus pulmones para contestarle. Entonces una
pesada y suave masa le aplastó contra el suelo y sintió como se deslizaba
sobre él, poderosa, musculosa.
- ¡No! -jadeó sin aliento, inmovilizando contra el suelo.
-Sí, -murmuró la voz-. SSSi.... creo que te quedarasss
- Accio... Accio Varita.
Pero nada ocurrió y necesitó las manos para tratar de quitarse de encima a
la serpiente cuando esta se enrrolló alrededor de su pecho, impidiéndole
respirar, presionándole el Horrocrux con fuerza contra el pecho, un círculo
de hielo latiendo con vida, a pulgadas de su frenético corazón, y su cerebro
inundándose de una fría luz blanca, todo pensamiento se extingió, su
respiración se ahogada, pasos distantes, todo se volvía...
Un corazón de metal estaba explotando de su pecho, y de repente estaba
volando, volando con triunfo en su corazón, sin necesidad de escoba o
thestral.
De repente estaba despierto en una oscuridad que olía a agrio. Nagini le
había soltado. Se levantó y vio a la serpiente dibujada contra la luz del
rellano. Golpeó y Hermione se lanzó a un lado con un chillido. Su maldición
desviada golpeó las ventanas acortinadas, lo cual las hizo pedazos. Un aire
congelado llenó el cuarto mientras Harry se agachaba para evita otra lluvia
de cristal roto y su pie resbaló con algo parecido a un lápiz... su
varita...
Se inclinó y la cogió rápidamente, pero ahora el cuarto estaba lleno con la
serpiente, su cola golpeaba a Hermione en alguna parte fuera de la vista y
por un momento Harry pensó lo peor, pero entonces su produjo un fuerte bang
y un destello de luz roja, y la serpiente voló por el aire, abofeteando a
Harry en la cara con fuerza al pasar, enrollándose en una gruesa espiral que
se alzó hasta el techo. Harry alzó la varita, pero mientras lo hacía, su
cicatriz quemó dolorosamente, más dolorosamente de lo que había hecho en
años.
-¡Él viene! ¡Hermione, viene!
Mientras gritaba la serpiente se alzó, siseando salvajemente. Todo era caos.
Hizo pedazos los estantes de la pared, y la porcelana china astillada voló
en todas direcciones mientras Harry saltaba sobre la cama y agarraba la
oscura forma que sabia que era Hermione.
Ella gritó de dolor cuando tiró de ella a través de la cama. La serpiente se
irguió otra vez, pero Harry sabía que algo peor que la serpiente estaba en
camino, que quizás ya estuviera ante la verja, su cabeza se iba a partir por
el dolor de la cicatriz.
La serpiente se abalanzó cuando harry saltó corriendo, arrastrando a
Hermione con él; cuando la serpiente golpeó, Hermione gritó,
-¡Confringo! -y su hechizo voló por la habitación, haciendo explotar el
espejo del armario y rebotando hacia ellos, saltando del suelo al techo.
Harry sintió un ardor en la parte de atrás de la cabeza. El cristal le cortó
el cuello mientras arrastraba a Hermione con él. Saltó de la cama al tocador
roto y después sin titubear por la ventana destrozada hacia la nada. El
grito de Hermione reververó a través de la noche mientras se retorcían en
medio del aire.
Y entonces su cicatriz se abrió de golpe y él fue Voldemort y estaba
corriendo a través del fétido dormitorio, sus largas manos blancas agarraban
el alféizar de la ventana mientras veía al hombre medio calvo y a la mujer
pequeña retorcerse y desaparecer, y gritó de rabia, un grito que se
entremezcló con los de la chica, que resonó a través de los oscuros jardines
sobre las campanas de la iglesia que tocaban señalando el día de Navidad.
Y su grito fue el grito de Harry, su dolor fue el dolor de Harry... lo que
podría haber pasado aquí, donde había ocurrido antes... aquí a la vista de
esa casa donde había estado tan cerca de saber lo que era morir... morir...
El dolor era tan terrible... desgarraba su cuerpo... Pero si no tenía ningún
cuerpo, por qué la cabeza le dolía tanto; si estaba muerto, cómo podía
sentir algo tan insoportable, no podía, cesaría con la muerte, no podría
seguir...
La noche era húmeda y ventosa, dos niños disfrazados de calabazas caminaban
bamboleándose a través de la plaza, y los escaparates estaban cubiertos de
arañas de papel, todos adornos muggle de mal gusto de un mundo en el cual no
creían... Y él se deslizaba hacia delante, con esa sensación de resolución y
poder y corrección que siempre sentía en estas ocasiones... no furia... que
era para almas más débiles que las de él... sino triunfo, aunque... había
anhelado esto, lo había esperado...,
- ¡Bonito disfraz, señor!
Vio la sonrisa del pequeño niño vacilar cuando se acercó lo suficiente como
para ver bajo la capucha de la capa, vio el miedo nublar su cara pintada:
Entonces el niño se giró y huyó... Bajo la túnica sostenía el mango de su
varita... Un movimiento simple y el niño nunca alcanzaría a su madre... pero
era innecesario, realmente innecesario...
Y recorrió una calle nueva y más oscura, y ahora su destino estaba a la
vista a fin de cuentas, el Encantamiento Fidelius roto, aunque ellos no lo
supieran aún... E hizo menos ruido que las hojas muertas, reptando sobre el
pavimento hasta llegar al nivel del oscuro seto y miraba por encima de él.
No habían corrido las cortinas, los veía muy cariñosos en su pequeño salón,
el hombre alto de pelo negro con sus gafas, haciendo que ráfagas de humo de
colores salieran de su varita para diversión del pequeño de pelo negro en su
pijama azul. El niño se reía y trataba de coger el humo, agarrándolo en su
pequeño puño.
Una puerta se abrió y la madre entró, pronunciando palabras que él no podía
oír, su largo pelo rojo oscuro le caía sobre la cara. Ahora el padre cogía
en brazos al hijo, y se lo entregaba a la madre. Arrojó su varita al sofá y
se desperezó, bostezando.
La verja rechinó un poco cuando la abrió, pero James Potter no lo oyó. Su
mano blanca aferró la varita bajo su capa y apuntó a la puerta, la cual se
abrió de golpe.
Estaba en el umbral cuando James llegó corriendo al vestíbulo. Fue fácil,
demasiado fácil, ni siquiera había recogido su varita.
-¡Lily, coge a Harry y vete! ¡Es él! ¡Vete! ¡Huye! ¡Le retendré!
¡Retenerle, sin una varita en la mano! ... Se rió antes de lanzar la
maldición.
-¡Avada Kedavra!
La luz verde llenó el estrecho vestíbulo, dibujando la silueta del cochecito
de niño contra la pared, hizo que los pasamanos brillaran intensamente igual
que relámpagos, y James Potter cayó como una marioneta cuyas cuerdas
hubieran sido cortadas.
Podía oirla gritar en el piso de arriba, atrapada, pero mientras fuera
sensata, ella, al menos, no tenía nada que temer... subió las escaleras,
notando con diversión sus débiles intentos por bloquearle con una barricada
desde dentro... No llevaba encima la varita... Qué estúpidos habían sido, y
qué confiados, creyendo estar seguros confiando su seguridad a sus amigos,
esas armas debían descartarse en determinados momentos...
Forzó la cerradura de la puerta, arrojó a un lado la silla y las cajas
precipitadamente amontonadas contra ella con una perezosa onda de su
varita... y allí de pie estaba ella, con el niño entre sus brazos. Al verle,
dejó a su hijo en la cuna tras ella y abrió los brazos, como si eso fuera a
ayudar, como si ocultándole a su vista esperara ser elegida en su lugar...
-¡Harry no, Harry no, por favor Harry no!
-Apártate, muchacha estúpida... hazte a un lado, ahora.
-Harry no, por favor no, llévame, mátame en su lugar...
-Ésta es mi última advertencia
-¡Harry no! ¡Por favor... ten misericordia... ten misericordia. ¡Harry no!
¡Harry no! Por favor, haré cualquier cosa
-Apártate. ¡Apártate, muchacha!
Pudo haberla apartado a la fuerza de delante de la cuna, pero parecía más
prudente matarlos a todos....
La luz verde brilló intermitentemente en toda la habitación y cayó como su
marido. El niño no había llorado en todo ese tiempo. Estaba de pie,
aferrando firmemente los barrotes de su cuna, y levantando la mirada hacia
la cara del intruso con brillante interés, quizá pensando que era su padre
el que se escondía bajo la capucha, para hacer más luces bonitas, y que su
madre se levantaría en cualquier momento, riendo.
Apuntó con mucho cuidado la varita a la cara del niño. Quería ver como
ocurría, la destrucción de este inexplicable peligro. El niño comenzó a
llorar. Había visto que no era James. No le gustó que llorase, nunca había
podido soportar a los pequeños lloriqueando en el orfanato.
-¡Avada Kedavra!
Y entonces se rompió. Él no era nada, nada excepto dolor y terror, y debía
esconderse, no aquí entre los escombros de la casa en ruinas, donde el niño
estaba atrapado y gritando sino lejos... muy lejos...
-No - gimió.
La serpiente murmuraba en el piso asqueroso y desordenado, y él había matado
al niño, y sí él era el niño...
-No.
Y ahora estaba de pie ante la ventana rota de la casa de Bathilda, inmerso
en los recuerdos de su mayor pérdida, y a sus pies la gran serpiente
murmuraba sobre los cristales y la porcelana china rota... Bajó la mirada y
vio algo ... algo increíble...
-No
-¡Harry, está bien, estás bien!
Se agachó y recogió la foto hecha pedazos. Allí estaba, el desconocido
ladrón, el ladrón al que buscaba...
-No... la dejé caer... la dejé caer...
-¡Harry, estás bien, despierta, despierta!
Él era Harry... Harry, no Voldemort... y la cosa que murmuraba no era una
serpiente... Abrió los ojos.
-Harry, -murmuró Hermione. - ¿Te sientes... bien?
-Sí -mintió.
Estaba en la tienda de campaña, tendido sobre una de las literas inferiores
bajo un montón de mantas. Supo que estaba amaneciendo por la quietud y la
calidad fresca y uniforme de la luz más allá del techo de lona. Estaba
empapado en sudor, podía sentirlo en las sábanas y mantas.
-Escapamos.
-Sí -dijo Hermione-. Tuve que usar a un Encantamiento Levitatorio para
meterte en la litera, no te podía levantar. Has estado... Bueno, no has
estado muy...
Había sombras púrpuras bajo sus ojos café y advirtió una pequeña esponja en
su mano. Le había estado enjuagando la cara.
-Has estado enfermo -terminó-. Muy mal.
-¿Cuánto hace que salimos?
-Han pasado horas. Es casi de día.
-Y he estado... ¿qué?, ¿inconsciente?
-No exactamente, -dijo Hermione con inquietud-. Has estado gritando y
gimiendo y... diciendo cosas -añadió en un tono que hizo que Harry se
sintiera intranquilo. ¿Qué había dicho? ¿Había gritado maldiciones como
Voldemort, había llorado como el bebé de la cuna?
-No podía quitarte el Horrocrux, -dijo Hermione, y vio que quería cambiar de
tema-. Estaba pegado, pegado a tu pecho. Te ha quedado una marca, lo siento.
Tuve que usar un Hechizo Separador para quitártelo. La serpiente te mordió
también, pero he limpiado la herida y he puesto algo de díctamo en ella...
Tiró de la sudorosa camiseta que llevaba puesta y se miró. Había un óvalo de
color escarlata sobre su corazón donde el guardapelo le había quemado.
También podía ver las marcas de colmillos medio cicatrizadas en el
antebrazo.
-¿Dónde has puesto el Horrocrux?
-En mi bolso, creo que deberíamos mantenerlo a distancia durante algún
tiempo.
Harry se recostó contra las almohadas y examinó la cara gris de ella.
-No deberíamos haber ido al Valle de Godric. Es culpa mía. Todo es culpa
mía, Hermione. Lo siento.
-No es culpa tuya. Yo también quería ir. Realmente creí que Dumbledore podía
haber dejado la espada allí para ti.
-Si, pues bueno... nos equivocamos en eso, ¿no?
-¿Qué sucedió, Harry? ¿Qué sucedió cuándo ella te llevó arriba? ¿Estaba la
serpiente escondida en alguna parte? ¿Simplemente apareció y la mató y te
atacó?
-No -dijo-. Ella era la serpiente... o la serpiente era ella...
Cerró los ojos. Todavía olía la casa de Bathilda en él. Eso hacía vívido
todo ese horror.
-Bathilda debe llevar muerta algún tiempo. La serpiente estaba... estaba
dentro de ella. Quien-Tu-Ya-Sabes la dejó allí, en el Valle de Godric, a
esperar. Tenías razón. Sabía que volvería.
- ¿La serpiente estaba dentro de ella?
Abrió los ojos otra vez. Hermione parecía revuelta, asqueada.
-Lupin dijo que habría magia que nunca habíamos imaginado -dijo Harry-. No
quiso hablar delante de ti, porque hablaba Parsel, todo en Parsel, y yo no
me di cuenta, pero por supuesto la podía entender. Una vez que subimos a la
habitación, la serpiente envió un mensaje a Quien-tu-ya-sabes, lo oí en mi
cabeza mientras lo hacía, le sentí entusiasmarse, dijo que me entretuviera
allí ... y luego...
Él recordó a la serpiente saliendo del cuello de Bathilda. Hermione no
necesitaba saber los detalles.
-... cambió, se transformó en la serpiente, y atacó.
Bajó la mirada a las marcas punzantes.
-Se suponía que no tenía que matarme, sólo mantenerme allí hasta que
Quien-tu-ya-sabes llegara.
Si al menos hubiera logrado matar a la serpiente, entonces habría valido la
pena, todo... Con el corazón dolorido, se sentó erguido y apartó las mantas.
-No Harry. ¡Estoy segura de que debes descansar!
-Tú eres la que necesita dormir. Sin ofender, pero estás horrible. Estoy
bien. Me quedaré de guardia un rato. ¿Dónde esta mi varita?
Ella no contestó, simplemente le miraba.
- ¿Dónde está mi varita, Hermione?
Hermione se mordió el labio, y sus ojos se inundaron de lágrimas.
-Harry...
- ¿Dónde esta mi varita?
La vio extender el brazo hacia abajo por un lado de la cama y se la ofreció.
La varita de acebo y fénix estaban casi partida en dos. Una frágil hebra de
pluma del fénix mantenía unidos ambos pedazos. La madera se había roto
completamente. Harry la sostuvo entre sus manos como si fuera una cosa viva
que sufriera una terrible lesión. No podía pensar correctamente. Todo era un
borrón de pánico y miedo. Después le tendió la varita a Hermione.
-Repárala. Por favor.
-Harry, no creo, cuando está así de rota...
-¡Por favor, Hermione, inténtalo!
-R-Reparo.
La rotura de la varita se selló. Harry la levantó
-¡Lumos!
La varita se encendió débilmente, luego se apagó. Harry señaló a Hermione.
-¡Expelliarmus!
La varita de Hermione dio un pequeño tirón, pero no abandonó su mano. Ese
débil intento de magia fue demasiado para la varita de Harry, que se partió
de nuevo en dos. Clavó los ojos en ella, consternado, incapaz de aceptar lo
que veía... la varita que había sobrevivido a tantas cosas...
-Harry -murmuró Hermione tan quedamente que apenas la oyó-. Lo siento
muchísimo, creo que fui yo. Cuando salíamos, ya sabes, la serpiente venía a
por nosotros, así es que lancé una Maldición Explosiva, y rebotó por todas
partes, y debió de golpearla.
-Fue un accidente -dijo Harry mecánicamente. Se sentía vacío, estaba
conmocionado-.En... encontraremos una forma de repararla.
-Harry, no creo que seamos capaces -dijo Hermione, las lágrimas corrían por
su cara-. ¿Recuerdas... recuerdas a Ron? ¿Cuándo rompió su varita, al
estrellar el coche? Nunca volvió a ser la misma.Tuvo que hacerse con una
nueva.
Harry pensó en Ollivander, secuestrado y mantenido como rehén por Voldemort,
y en Gregorowitch, que estaba muerto. ¿Cómo se supone que iba a encontrar
una varita nueva?
-Bueno -dijo, con una voz falsamente práctica-, entonces, simplemente te
pediré prestada la tuya por ahora, mientras estoy de guardia.
Con la cara cubierta de lágrimas, Hermione le entregó su varita, y la dejó
sentada junto a su cama, deseando más que nada alejarse de ella.